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Financiada por la Iglesia Bautista de Beverly Hills (si, se arrepintieron), “Plan 9 from outer space” supone la descacharrante ‘sima’ creativa del que está considerado el peor director de la historia del cine. Tras abordar ridículamente los cambios de sexo (“Glen or Glenda”, 1953), la cirugía facial (“Jail Bait”, 1954) y la energía atómica (“Bridge of the Monster”, 1955), el mediocre pero siempre apasionado Ed Wood Jr. (imprescindible su biopic: “Ed Wood”, 1994, de Tim Burton) se propuso contar, con bizarra seriedad e ínfulas de autor, una incoherente y descerebrada historia de terror y ciencia-ficción con mensaje pseudo-ecologista. Pero lejos de ser la obra maestra del género que esperaba, fue una imperecedera joya de culto del humor no intencionado (los interiores del avión y la nave espacial son realmente tronchantes, por no hablar de los extraterrestres) que cuenta tanto de su creador como “Centauros del desierto” de John Ford o “Persona” de Ingmar Bergman.

El piloto Jeff Trent y su esposa viven cerca de un cementerio, donde son testigos de como los muertos se levantan de sus tumbas después de que unas naves espaciales sobrevuelen el lugar. Y es que, unos extraterrestres, para tratar de evitar que la humanidad destruya el Sol con la bomba atómica, han planeado resucitar a los muertos.

Como pionera de la Serie Z (cine con presupuestos inferiores a los de Serie B), la inevitablemente simpática “Plan 9 from outer space” se gana a pulso su estatus de ‘reina del cine basura’ gracias a una puesta en escena indescriptiblemente torpe; unas interpretaciones bochornosas (a cargo del elenco habitual de frikis de Ed Wood, entre los que se encuentra, el considerado peor actor de la historia: Tor Johnson); un argumento absurdo de principio a fin; unos efectos especiales de jardín de infancia; un montaje precipitado que intensifica el sin sentido de la historia; y la oportunista inclusión de unas grabaciones, que Wood había hecho de Bela Lugosi saliendo de su casa (que se convirtieron en el último metraje del mítico actor de “Drácula”, 1933), para poder usar su nombre.

 

– Para los que quieran pasar un buen rato entre escenarios de cartón piedra y platos de plástico colgados de hilos.

– Imprescindible para apreciar más el cine de directores considerados menores.

 

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