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A pesar de su trasfondo de thriller y los fácilmente reconocibles conceptos dramáticos y morales que maneja, la adaptación al cine de la exitosa novela homónima de Morris L. West nunca las tuvo todas consigo para atraer a un público más interesado en grandes espectáculos que en dilemas ético-político-religiosos. “Las sandalias del pescador” no era la producción hollywoodiense que esperaban los espectadores, más de dos horas y media en las que este ambicioso drama de política-ficción desarrolla una serie de discursos a distintos niveles: la evolución psicológica del protagonista, la tensión mundial característica de la Guerra Fría, los entresijos del Vaticano o la carencia de fe en la sociedad moderna; pero esto no quita que el film sea una de las más originales reflexiones sobre el papel de la Iglesia y la eterna lucha entre ‘el bien y el mal’ que tiene lugar dentro de cada uno, inteligente y disfrutable.

El film nos muestra el ascenso del obispo Kiril Lakota (Anthony Quinn) desde una prisión soviética hasta el mismísimo Vaticano. Desde donde intentará hacer algo para que el mundo viva en paz.

No bastó que el realizador británico Michael Anderson (“The Dam Busters”, 1955, “La vuelta al mundo en 80 días”, 1956, o “La fuga de Logan”, 1976) hiciese un gran trabajo de puesta en escena; que sea un placer ver actuar a un Anthony Quinn alejado de sus habituales papeles de bruto con corazón; que Alex North (15 nominaciones al Oscar y ni una estatuilla) volviese a componer una banda sonora memorable, dramática e intrigante; que la producción fuese impecable, técnica y artísticamente; ni que el argumento tratase temas candentes de la época. Su magnífico reparto internacional (Laurence Olivier, Oskar Werner, Vittorio De Sica, John Gielgud, …), sus ilustrativos diálogos y la posibilidad de acercarnos a ciertos rituales internos de la Santa Sede (la primera vez que pudimos ver la elección de Papa desde ‘dentro’), son también incentivos a favor de “Las sandalias del pescador”; un film parcialmente fallido pero más que interesante, merecedor de una revisitación.

 

– Para interesados en grandes historias de política-ficción.

– Imprescindible para interesados en las consecuencias del Concilio Vaticano II en el cine.

 

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