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Aunque no alcanzó la popularidad de otros pioneros del cine como Charles Chaplin, Cecil B. DeMille o D.W. Griffith, el sueco Victor Sjöström es sin duda uno de los grandes cineastas de la historia del séptimo arte; el cual dirigió, produjo y escribió obras maestras a ambos lados del Atlántico (“La carreta fantasma”, 1921, “La mujer marcada”, 1926, o “El viento”, 1928) y desarrolló una destacable carrera como actor que tuvo un inigualable broche como protagonista de “Fresas salvajes” (Ingmar Bergman, 1957). Un de sus primeros films en EE.UU. (y uno de los primeros de la MGM) fue “El que recibe el bofetón”, un intenso thriller dramático con trasfondo circense que nos habla de crueldad, humillación, destino y venganza. A la excelente puesta en escena de Sjöström (que utiliza diversos recursos narrativos y simbolismos en torno a lo cíclico y circular) hay que añadir la destacable interpretación de una de las grandes estrellas del cine mudo: un Lon Chaney entre los clásicos del terror “El jorobado de Notre Dame” (1923) y “El fantasma de la ópera”, 1925).

Paul Beaumont (Lon Chaney) es un científico que investiga los orígenes de la humanidad. Su mecenas se apropia de sus descubrimientos, además de su esposa; lo que provocará que Paul termine convirtiéndose en payaso.

La excelente realización de Sjöström, el dramatismo y la amargura de su historia y la presencia del primer gran icono del cine de terror (además de futuras estrellas como Norma Shearer o John Gilbert), provocó que “El que recibe el bofetón” batiese records de taquilla y que su influencia se extendiese hasta el cine actual (imposible no recordarlo cuando ves “Muertos de risa”, 1999, de Álex de la Iglesia, o cualquier film con payasos tristes). “El que recibe el bofetón” no solo es un clásico del cine mudo, sino que es una experiencia cinematográfica intemporal, capaz de mantener la atención del espectador actual gracias a su magnífico despliegue visual, conceptual y narrativo; enganchándonos a una historia intrigante, romántica, siniestra y melodramática con la habilidad de un gran cuentacuentos fílmico.

 

– Para conocer al reivindicable Victor Sjöström y al mítico Lon Chaney.

– Imprescindible para coleccionistas de iconos del cine mudo.

 

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