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En las primeras décadas de la historia del cine los directores soviéticos se convirtieron en unos de los grandes impulsores de la evolución del lenguaje cinematográfico, poniendo al servicio de la causa comunista toda una serie de innovadores recursos narrativos que cambiaron el medio para siempre. Sergei M. Eisenstein (“Octubre”, 1927, “Alexander Nevsky”, 1938, o “Iván el Terrible”, 1944-58) fue posiblemente el realizador más importante de la Unión Soviética, que poco antes de la célebre “El acorazado Potemkin” (1925) revolucionó el montaje cinematográfico con “La huelga” (su debut en el largometraje), la épica crónica de una insurrección obrera que convertía el cine propagandístico en una auténtica obra de arte. Los temas habituales del discurso estalinista (el alzamiento del proletariado, la organización de masas, la lucha de clases, el colectivismo frente al individualismo o la crueldad del gobierno pre-revolucionario) son expuestos con maestría a base de numerosos simbolismos visuales, montajes paralelos e impactantes encuadres y movimientos de cámara; convirtiendo a “La huelga” en una de las cumbres del cine mudo.

Sin centrarse en ningún protagonista concreto, Eisenstein nos cuenta como, en 1903, los obreros de una fábrica comienza a rebelarse contra las precarias condiciones de trabajo. El gobierno zarista se pondrá de parte de los adinerados empresarios.

La creatividad, la minuciosidad y la erudición de Eisenstein hacen que “La huelga” trascienda el mero instrumento de divulgación socialista, logrando una emocionante historia de David contra Goliat, de lucha contra el poderoso, contra la injusticia y la explotación. Pero “La huelga” también es una obra valiosísima a la hora de entender la historia de la URSS (particularmente la Revolución Rusa) y del siglo XX en general, de comparar la sociedad y el arte a ambos lados del Telón de Acero y de analizar la evolución de uno de los grandes autores cinematográficos de todos los tiempos (desde la exaltación de los pilares de la Revolución de sus inicios hasta los metafóricos retratos históricos de sus últimos films).

 

– Para interesados en la evolución del lenguaje cinematográfico.

– Imprescindible para cinéfilos bolcheviques.

 

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