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Considerado el más occidental de los realizadores japoneses, Akira Kurosawa llevó al cine obras de Shakespeare (“Trono de sangre”, 1957, o “Ran”, 1985), se inspiró en clásicos de la novela negra como Georges Simenon (“El perro rabioso”, 1949) o Dashiell Hammett (“Yojimbo”, 1961) y demostró su gusto por la literatura rusa tomando ideas, temas y argumentos en obras maestras del humanismo cinematográfico como “Vivir” (1952) o “Barbarroja”; donde no solo utiliza una trama de Fyodor Dostoevsky, sino que, como en la obra más conocida de este (“Crimen y castigo”, 1866), nos habla de la injusticia desde un punto de vista filosófico y sociológico. Con su habitual profesionalidad e ingenio en la puesta en escena (bellísimos y minuciosos encuadres y movimientos de cámara) y un cuidado tono realista, Kurosawa nos sumerge durante tres horas en un conmovedor drama costumbrista sobre la maduración y el aprendizaje, sobre el respeto y la filantropía.

Noboru Yasumoto (Yuzo Kayama) es un joven médico que aspira a escalar posiciones dentro de su oficio. Pero será enviado a ayudar al Dr. Niide (Toshiro Mifune), un estricto médico rural que le hará cambiar su manera de ver la medicina.

En su decimosexta y última colaboración con Toshirô Mifune (“Rashomon”, 1950, o “Los siete samuráis”, 1954), Kurosawa se rodeó también de numerosas estrellas del cine nipón (Takashi Shimura, Chishû Ryû, Eijirô Tôno, …) para confeccionar una serie de subtramas que ahondan en los aspectos cotidianos (a veces crueles, otras alegres) de las clases más desfavorecidas de la sociedad, con cariño, pasión, paciencia e inteligencia. Por la variedad y profundidad de los temas tratados, su virtuosismo narrativo (el uso de los flashback) y visual (rodada en 35mm y con un descriptivo empleo del blanco y negro), sus defensa de valores universales, sus magníficas interpretaciones o su impagable retrato de la sociedad japonesa del siglo XIX; “Barbarroja” merece estar entre las mejores películas de uno de los grandes directores de la historia del cine (y probablemente la mejor jamás rodada sobre el juramento hipocrático).

 

– Para los que saben que el cine puede educar en valores.

– Imprescindible para médicos cinéfilos.

 

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