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Basada en un relato corto del novelista estadounidense John Cheever (famoso por diseccionar las miserias y las ansiedades de la clase media-alta que poblaba los barrios residenciales), “El nadador” es una estilizada y ‘seudo-onírica’ crítica al ‘American Way of Life’; un drama metafórico envuelto en una atmósfera surrealista que hace un recorrido psicológico y social por algunos de los temas que poco después adoptaría el desencantado cine de los 70. Los problemas entre Burt Lancaster y el director Frank Perry (“El verano pasado”, 1969, o “Queridísima mamá”, 1981) desembocaron en el abandono del segundo y la llegada de un joven Sydney Pollack (que tomó nota para su propia parábola USA: “Danzad, danzad, malditos”, 1969); lo que provocó que la puesta en escena no esté a la altura de su ambicioso trasfondo conceptual, pero que a la postre intensifica la sensación de extrañeza (en varios sentidos) que lo impregna todo.

Ned Merrill (Burt Lancaster) es un tipo acomodado y de mediana edad que decide volver a casa nadando en todas las piscinas de sus vecinos. Esto propicia un abundante elenco de jugosos secundarios.

Su peculiar propuesta estética y las sombrías temáticas que escondían sus luminosas imágenes provocaron el rechazo de crítica y público en el momento de su estreno; aunque el tiempo ha puesto en su lugar esta original y aguda alegoría de un mundo civilizado (las piscinas son un símbolo de ‘progreso’) a base de hipocresía y mentiras. Convertido ya en una respetable estrella del ‘mainstream’ hollywoodiense (logró el Oscar por “El fuego y la palabra”, 1960), pero conservando esa presencia atlética de sus films acrobáticos (como “El halcón y la flecha”, 1950), Burt Lancaster resultó la elección perfecta para representar la amargura y las contradicciones de la sociedad moderna (además de la crisis de la mediana edad) en una narración que va construyendo el personaje como si se tratase de un rompecabezas. Reflexión sobre la condición humana, discurso sobre la artificiosa sociedad capitalista o crítica de las clases altas; “El nadador” es un film abierto a interpretaciones.

 

– Para coleccionistas de alegorías psicológico-sociales.

– Imprescindible para interesados en el cambio de paradigma en el cine de los 60.

 

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