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El ocioso y despreocupado cine de los 80 tuvo espacio también para la revisitación de los iconos clásicos del cine de terror, explorando el vampirismo en joyas de la década como “El ansia” (Tony Scott, 1983), “Los viajeros de la noche” (Kathryn Bigelow, 1987), “Jóvenes ocultos” (Joel Schumacher, 1987) o esta “Noche de miedo”, delirio juvenil que mezcla la comedia adolescente y el horror referencial en un entretenido espectáculo cargado de erotismo inocuo, aventuras de barrio y personajes entrañables. Tom Holland (“Muñeco diabólico”, 1988, o “Thinner”, 1996) debutó como realizador con un guión propio (ya había escrito obras de culto ochenteras como “Curso del 84”, 1982, o “Juego secreto”, 1984) que parecía mirarse sobre todo en las descaradas producciones de la Hammer. El éxito de esta suerte de parodia tenebrosa del mito de Drácula fue inmediato y terminó por redefinir el subgénero a base de frescura, sensualidad y cercanía.

Charley Brewster (William Ragsdale) es un joven al que no hacen caso cuando cree que su nuevo vecino (Chris Sarandon) es un vampiro. Charley pedirá ayuda a Peter Vincent (Roddy McDowall) un presentador de un programa nocturno de cine de terror.

Pero además de su sencilla pero atractiva premisa argumental, “Noche de miedo” también cuenta con unos estupendos efectos especiales (del multioscarizado Richard Edlund) y maquillaje, una excelente ambientación (que explota el lado gótico de esos ‘suburbs’ americanos), diálogos llenos de guiños cinéfilos, una banda sonora con aires a John Carpenter (y temas de grupos tan heterogéneos como Sparks, Devo o J. Geils Band) y suficiente intriga para mantenernos entretenidos hasta su clímax. Desprejuiciadamente comercial, “Noche de miedo” triunfó en algunos de los más prestigiosos festivales especializados (Avoriaz, Fantasporto, …), tuvo una secuela menor pero simpática, remakes y adaptaciones en forma de cómic, novela, video-juego y hasta una obra de teatro. Puro cine ochentero, tal vez marcado por la nostalgia cinéfila, pero decididamente carismático, pop y sin complejos.

 

– Para nostálgicos del cine de terror de los 80.

– Imprescindible para interesados en la evolución del mito vampírico.

 

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