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A pesar de una marcada personalidad cinematográfica en torno a la comedia romántica intelectual, Nueva York y las neurosis del ‘hombre moderno’; Woody Allen también llevó a cabo ciertos experimentos formales y temáticos (“Recuerdos”, 1980, “Zelig”, 1983, o “September”, 1987) construidos a partir de sus numerosas influencias fílmicas (Ingmar Bergman, Federico Fellini, …). Basada en un obra de teatro de un acto que Allen escribió en los 70, “Sombras y niebla” es una comedia de intriga que coloca a un personaje típicamente ‘alleniano’ (ese excéntrico y apocado hipocondríaco a menudo interpretado por el mismo) en una trama y un escenario que aglutinan referencias al Expresionismo Alemán, Franz Kafka y los relatos de Jack el Destripador. Así, Allen construye un divertido homenaje a los claroscuros y los neblinosos escenarios de cartón piedra del cine de Fritz Lang (y compañía), introduciendo además su humor negro en un argumento casi surrealista que reflexiona (no siempre acertadamente) sobre el papel de la muerte en la experiencia humana.

Kleinman (Woody Allen) es levantado de la cama en plena noche por un grupo de gente que pretende proteger la ciudad de un asesino. Sin saber lo que tiene que hacer, Kleinman se verá vagando entre la niebla y la oscuridad.

Aunque se suele considerar un film menor dentro de su filmografía (es difícil ser comparado con “Manhattan”, 1979, o “Delitos y faltas”, 1989), lo cierto es que “Sombras y niebla” contiene suficientes virtudes como para entretenernos durante su escasa hora y media. A su magníficos apartados visuales (gran trabajo en blanco y negro de Carlo Di Palma) y técnicos (se rodó en el mayor plató interior jamás creado en Nueva York) hay que añadir un heterogéneo reparto plagado de caras conocidas (John Malkovich, Madonna, Donald Pleasence, John Cusack, …), una juguetona e intrigante banda sonora a base de composiciones de Kurt Weill (sobre todo lo que creó para ‘The Threepenny Opera’ de Bertold Brecht) y su condición de obra extraña e impredecible en la a menudo repetitiva obra del cineasta neoyorquino.

 

– Para amantes contemporáneos del Expresionismo Alemán.

– Imprescindible para coleccionistas de joyas menospreciadas de los 90.

 

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