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Después de alcanzar popularidad en Japón como presentador del bizarro concurso “Humor amarillo” (1986-89), Takeshi Kitano escribió y dirigió una serie de thrillers criminales (“Violent Cop”, 1989, “Sonatine”, 1993, o “Hana-bi. Flores de fuego”, 1997), violentos y estilizados, que lo convirtieron en uno de los realizadores más admirados del país del sol naciente. Sin abandonar del todo su contexto habitual de policías y yakuzas, con “El verano de Kikujiro” Kitano cambiaba el tono cruel, contundente y lúgubre de sus films anteriores (y posteriores, como “Brother”, 2000, o “Outrage”, 2010) por una propuesta más poética y luminosa. “El verano de Kikujiro” es una entrañable comedia dramática que bebe de clásicos nipones como Yasujirô Ozu; un viaje (interior y exterior) impulsado por una magnífica puesta en escena, la tierna partitura de Joe Hisaishi y la carismática ruda ironía de Kitano.

Masao (Yusuke Sekiguchi) es un niño de 9 años que en verano decide ir a buscar a su madre. Lo acompañará Kikujiro (Takeshi Kitano), el marido de una amiga de su abuela, un antiguo yakuza.

Su sencillo argumento de ‘road movie’ emocional (iniciática y de redención) está impulsado por la contraposición de los dos protagonistas, erigiéndose en una de las más interesantes películas de ‘amistad entre niño y anciano’, subgénero que siempre ha propiciado el humanismo y el vitalismo (con esa representación de los dos extremos de la vida conviviendo). A pesar de alejarse de los productos habituales de su autor, “El verano de Kikujiro” sigue conteniendo muchos de sus elementos autorales (ese humor basado en lo físico y las palabras malsonantes, recursos narrativos como la cámara lenta, las imágenes metafóricas, …), pero inscritos en un relato menos radical y agresivo. Y es que este simpático y optimista film también es puro Kitano, que interpreta una especie de reverso humorístico de sus roles típicos; conservando sus excentricidades y su personal visión del mundo a la vez que imprime una magia y un alegría que deja al espectador con muy buen sabor de boca.

 

– Para amantes del cine de autor emocionante y vitalista.

– Imprescindible para interesados en el cine japonés en general y en Takeshi Kitano en particular.

 

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