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Adaptando la exitosa obra de teatro homónima de Ira Levin (autor de “La semilla del diablo”, 1968, o “Los niños del Brasil”, 1978); la prestigiosa guionista Jay Presson Allen (“Marnie, la ladrona”, 1964, o “Cabaret”, 1972) y el ya veterano director Sidney Lumet (“12 hombres sin piedad”, 1957, o “Tarde de perros”, 1975) confeccionaron una entretenida comedia criminal autorreferencial que reflexiona sobre los mecanismos del género a base de humor negro y suspense. Con un adecuado reparto y una puesta en escena que aprovecha su origen teatral para desarrollar un atractivo trabajo de cámara (en torno a un único escenario y pocos personajes, con algunos planos secuencia destacable meritorios); “La trampa de la muerte” nos sumerge en un argumento que bebe de Agatha Christie, Hitchcock (“Crimen perfecto”, 1954) y Clouzot (“Las diabólicas”, 1955), repleta de ironía, intriga, giros de guión, diálogos punzantes, guiños teatrales y jugosos secundarios.

Tras varios fracasos el dramaturgo Sidney Bruhl (Caine) recibe una obra de un antiguo estudiante (Christopher Reeve). Sidney lo invita a su casa de Long Island para aconsejarle y comienzan a desarrollarse una serie de inesperados acontecimientos.

“La trampa de la muerte” es un juego gamberro, una divertida pieza ejemplar de un género al que además homenajea y parodia, un festival de asesinatos, mentiras, traiciones, dobles sentidos y sorpresas que no se preocupa por el realismo o la consistencia; sino que intenta rizar el rizo de las tramas de ‘crímenes situacionales’, recogiendo todos los tópicos que han recorrido este subgénero y combinándolos con agilidad, inteligencia y cariño. Comparada en numerosas ocasiones con “La huella” (Joseph L. Mankiewicz, 1972), protagonizada también por Michael Caine, y su enrevesado recital de falsas apariencias y duelos dialécticos, lo cierto es que “La trampa de la muerte”, aún compartiendo su espíritu lúdico y reverencial (al mundo del teatro en general y a los relatos de misterio en particular), tiene un estilo más moderno, burlesco e irreverente.

 

– Para amantes del teatro y el suspense.

– Imprescindible para coleccionistas de giros de guión.

 

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