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Aprendido el oficio dirigiendo películas de samuráis, dramas e incluso comedias, el célebre realizador nipón Akira Kurosawa se adentró en la situación social del Japón de posguerra, a la vez que exploraba personajes y situaciones del cine negro hollywoodiense e iba configurando su habitual discurso humanista (“El perro rabioso”, 1949, o “Los canallas duermen en paz”, 1960, o “El infierno del odio”, 1963). Así, al margen de su popular filmografía de época (“Rashomon”, 1950, o “Los siete samuráis”, 1954) Kurosawa se convirtió en un maestro a la hora de imprimir realismo, crítica y profundidad psicológica a thrillers criminales como “El ángel ebrio”, un turbulento drama en torno a la figura del perdedor (recurrente en el cine negro clásico) que es considerada la fundadora del cine de yakuzas (sobre la mafia japonesa).

Sanada (Takashi Shimura) es un médico alcohólico de la periferia de Tokio. Su camino se cruzará con la de Matsunaga (Toshirô Mifune) un joven mafioso al que tendrá que curar una herida de bala. Sanada descubre que Matsunaga tiene tuberculosis.

A través de un convincente retrato de los bajos fondos de Tokio, Kurosawa confecciona una aguda estampa de un país devastado y enfermo (aunque no cae en el pesimismo absoluto); lo que propicia una serie de dilemas morales que vertebran todo el film. Kurasawa critica en el film la ocupación de Japón por las fuerzas aliadas tras la II Guerra Mundial (prostitutas con soldados estadounidenses, referencias al idioma y la ‘cultura yanki’ e incluso una parodia jazzistica con letra del propio Kurosawa), lo que le trajo problemas con la censura. Visual y conceptualmente intensa (bebe del impresionismo alemán, del neorrealismo italiano y del cine de John Ford o Jean Renoir), además de valiosa como entretenimiento cinematográfico y por su contexto histórico; “El ángel ebrio” contó además con una memorable pareja protagonista: Toshirô Mifune (en su primera colaboración con el director, con quien trabajó hasta en dieciséis ocasiones) y Takashi Shimura (el inolvidable anciano de “Vivir”, 1952).

 

– Para explorar las posibilidades del cine negro.

– Imprescindible para los que piensen que Kurosawa solo hacía películas de samuráis.

 

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