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Aunque llevaba 20 años como uno de los cineastas más reconocidos y personales del cine de autor estadounidense, contando con algunos de los grandes hitos de culto del cine independiente moderno (“Academia Rushmore”, 1998, o “Los Tenenbaums”, 2001), no fue hasta comienzos de la segunda década del siglo XXI que el público mayoritario comenzó a apreciar lo que la crítica llevaba tiempo premiando. Wes Anderson aflojó la tristeza y la ironía de sus films anteriores, logrando clásicos instantáneos como “Moonrise Kingdom” (2012), “Isla de perros” (2018) o “El gran hotel Budapest”, una de sus cimas creativas; excéntrica comedia de aventuras donde aúna entretenimiento inteligente, una encantadora concepción estética (en torno al Art Nouveau), una digerible exposición de sus conceptos habituales y un inabarcable despliegue de referencias cinematográficas (Juan Vigo, Max Ophüls, Alfred Hitchcock, …), literarias (Agatha Christie, …) y pictóricas (Friedrich, Tamara de Lempicka, …).

El film cuenta una historia que sucedió en los años de entreguerras en torno al Grand Hotel Budapest. Allí conoceremos a M. Gustave (Ralph Fiennes) el conserje o al joven botones Zero (Tony Revolori).

Basándose en varias obras del austriaco Stefan Zweig, Anderson confecciona una historia cargada de emociones y color, personajes entrañables y situaciones extravagantes, alejándose de la frivolidad que algunos le achacan (tal vez por su proximidad visual con ciertos códigos estéticos de la cultura hipster). “El gran hotel Budapest” es elegante y divertida, melancólica y frenética, una delicia plástica y narrativa (con su estructura de flashbacks, historias dentro de historias, …) que evoca una Europa idealizada construida con la inestimable ayuda de Adam Stockhausen (que fue oscarizado por su diseño de producción), la ya legendaria diseñadora de vestuario Milena Canonero (que ganó su cuarto Oscar), la mágica partitura de Alexandre Desplat o un kilométrico reparto cargado de fetiches del director y nuevas incorporaciones al particular ‘Universo Anderson’.

 

– Para los que sepan ver más allá de las imágenes (y para los que no).

– Imprescindible para los que pensaban que el cine de Wes Anderson no era accesible.

 

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