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Cuatro décadas después de iniciarse en el mundo del cine, primero como montador y luego como realizador, John Sturges (“Conspiración de silencio”, 1955, “Los siete magníficos”, 1960, o “La gran evasión”, 1963) se despedía del séptimo arte con este pequeño clásico del cine bélico que seguía las tendencias del género marcadas por éxitos populares aún recientes como “Doce del patíbulo” (1967) o “Los violentos de Kelly” (1970). Así, “Ha llegado el águila” se erige a partir de un guión sólido, repleto de suspense y testosterona, y de un excelente reparto cargado de estrellas (Donald Sutherland, Robert Duvall, Donald Pleasence, …); logrando un efectivo y entretenido espectáculo de ‘misiones imposibles’ y ‘escuadrones suicidas’ con aires setenteros pero con espíritu clásico. Basada en una novela del especialista en thrillers de espionaje Jack Higgins, “Ha llegado el águila” desarrolla una intriga de aventuras y política ficción tan inverosímil como atractiva.

En los últimos compases de la II Guerra Mundial, Hitler decide que es buena idea intentar secuestrar a Winston Churchill. Los encargados de llevar el plan a cabo serán un grupo de paracaidistas (liderados por Michael Caine) encerrados por negarse a matar a una mujer judía.

Responsable de varios guiones de James Bond (“Diamantes para la eternidad”, 1971, o “Vive y deja morir”, 1973), Tom Mankiewicz ayuda a elevar la calidad del film por encima de la media gracias a unos personajes prototípicos pero carismáticos (con bastante química entre ellos) y unos buenos diálogos donde no falta frescura e ironía. Tal vez “Ha llegado el águila” pueda resultar demasiado larga (más de dos horas de metraje) y puede la acción propiamente dicha se demore en exceso (lo que exasperará al espectador más impaciente); pero merece la pena asomarse a sus numerosas virtudes (como su vibrante última parte), a su original mezcla de géneros (guerra, aventuras, romance, …) y su magnifico plantel de profesionales del medio (la banda sonora del siempre estupendo Lalo Schifrin o la fotografía del británico Anthony B. Richmond).


– Para cualquier amante de las ‘Hazañas Bélicas’.

– Imprescindible para historiadores de lo que no pasó en la II Guerra Mundial.

 

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