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Los años 60 vivieron un auge del cine de aventuras bélicas y misiones suicidas, siendo uno de los grandes responsables el novelista Alistair MacLean, con adaptaciones tan exitosas como “Los cañones de Navarone” (1961), “El desafío de las águilas” (1968) o “Estación polar Cebra”, un entretenido thriller claustrofóbico con aires de superproducción. Y es que además de contar con la siempre sólida y vibrante realización de John Sturges (“Los siete magníficos”, 1960, o “La gran evasión”, 1963), el film cuenta con un reparto estelar y un equipo técnico y artístico de primera (a destacar la atmosférica banda sonora de Michel Legrand y la saturada fotografía en 70 mm de Daniel L. Fapp). “Estación polar Cebra” nos sumerge en la Guerra Fría desde un punto de vista lúdico, con un argumento cargado de suspense y sorpresas que, no obstante, es representativo de la paranoia en torno al espionaje que reinó durante los 60.

El submarino nuclear USS Tigerfish, comandado por James Ferraday (Rock Hudson), recive la misión de rescatar a los científicos de la Estación polar Cebra, en el Polo Norte. A bordo también irá el espía ruso Boris Vaslov (Ernest Borgnine) y el agente británico Jones (Patrick McGoohan).

Como sucede a menudo en ese subgénero conocido como ‘cine de submarinos’ (de “Destino: Tokio”, 1943, a “La caza del Octubre Rojo”, 1990, pasando por “Torpedo”, 1958, o “El submarino”, 1981), el hermético entorno funciona como opresivo escenario sobre el que desarrollar un ingenioso juego de tensión, estrategia y algo de acción, una batalla de engaños, trucos y testosterona que nos mantiene el interés más de dos horas (aunque se desinfla en su último tramo). Y es que hay varias maneras de disfrutar de “Estación polar Cebra”: paseándose por su intrigante trama, por sus giros y diálogos; disfrutando de sus cuidados apartados visuales (tanto del realismo del submarino, surcando las helada aguas, como de ese Ártico de cartón piedra); o sencillamente dejándose llevar por ese encanto clásico hollywoodiense que ya entonces casi formaba parte del pasado.


– Para nostálgicos de la entrañable e idealizada Guerra Fría.

– Imprescindible para cinéfilos amantes de los submarinos.

 

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