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Cuando aún estudiaba periodismo en la Complutense, el hermano pequeño de Fernando Trueba (con el que colaboró en “Two Much”, 1995) se inició en el cine escribiendo dos comedias románticas que profundizaban en las relaciones de pareja de una manera fresca, inteligente y divertida (“Amo tu cama rica”, 1992, y “Los peores años de nuestra vida”, 1994), no exenta de cierta amargura. En su debut como director, David Trueba (“Soldados de Salamina”, 2003, “Vivir es fácil con los ojos cerrados”, 2013, o “A este lado del mundo”, 2020) optó por desarrollar un argumento de ‘perdida de la inocencia’ (lo que hoy día se conoce como ‘coming of age’) sin abandonar ese tono de tragicomedia que imprime a la historia un realismo con el que es fácil empatizar. “La buena vida” viene a ser la visión que Trueba tiene sobre la adolescencia, una suerte de mal necesario, repleto de problemas, pero que nos ayuda a evolucionar psicológica y moralmente y siempre recordamos con cierta nostalgia.

El film nos presenta a Tristán Romeo (Fernando Ramallo), un joven de quince años que se verá obligado a tomar una serie de decisiones que lo harán plantearse el sentido de la vida.

Excelentemente secundado (magnífico Luis Cuenca), el debutante Fernando Ramallo se convierte en el perfecto trasunto de David Trueba (como ya lo fuesen Pere Ponce o Gabino Diego), paseándose por la trama con tristeza, cinismo e ironía; afrontando y asimilando temas tan fundamentales como la muerte, el amor o la soledad. Trueba se mira en el naturalismo del cine francés (claros paralelismos con “Los 400 golpes”, 1959) y en “El guardián en el centeno” (J.D. Salinger, 1951), logrando ser intenso y emotivo, pero también diseccionando con precisión los conceptos que trata; haciendo de “La buena vida” una de esas experiencias cinematográficas que pueden enriquecerte por diversos frentes (emocional, filosófico, intelectual e incluso cultural). Un par de décadas después, Trueba recuperaría a Ramallo y Jiménez en “Casi 40” (2018), una especie de secuela bastarda de “La buena vida”, irregular pero interesante.


– Para coleccionistas del mejor ‘coming of age’.

– Imprescindible para conocer la personalidad fílmica de David Trueba.

 

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