CINEBLOG.NET

La secuela de "Mad Max. Salvajes de Autopista" (1979) superó con creces a su predecesora. George Miller (cuyo cine parecía ir infantilizándose poco a poco con "Babe, el cerdito valiente", 1995, que escribió y produjo, o "Happy Feet", 2006; hasta el regreso de Max Rockatansky en "Mad Max: Fury Road", 2015) aprovechó al máximo los recursos de los que disponía sentando la bases de un nuevo subgénero postapocalíptico basado en los paisajes desérticos y la chatarra reutilizada que culminaría con la épica sociológico-religiosa de "Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno" (1985). Además de lanzar a la fama a Mel Gibson (que aquel mismo año había trabajado por primera vez con Peter Weir en "Gallipoli" y no tardaría en cruzar el Pacífico), "Mad Max 2" es una ingeniosa apuesta por la acción violenta y la parábola futurista-apocalíptica que marcó una época. Max (Mel Gibson) es un ex-policía que sobrevive, enfrentándose a salvajes asaltadores de caminos, por las desoladas carreteras de una Australia devastada por la 'Guerra del Petróleo'. Aunque lo único que el quiere es seguir su camino, Max se verá implicado en el asedio de un fuerte en el que refinan su propia gasolina por parte de crueles hordas de asaltadores. Miller adoptó una estética agresiva y polvorienta llenando el film de detalles llamativos que convertian el film en un festín para amantes de la serie B y el cine pulp: algunos explícitos como ese 'pequeño salvaje' armado con un boomerang y otros implícitos como la homosexualidad del personaje interpretado por Vernon Wells. Con menos de hora y media, Miller tuvo suficiente para crear un icono fundacional del cine postmoderno y regalarnos algunas de las escenas más recordadas del cine de acción de los 80 (la persecución final es una de las cimas de la saga).   - Para cualquiera que esté harto de los efectos digitales. - Imprescindible para conocer una de las obras magnas del cine de serie B de la historia.   FOTO DE RODAJE