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Tras el drama musical "Gran Casino (Tampico)" (1947), con Jorge Negrete, y la comedia "El gran calavera" (1949), Luis Buñuel ("Viridiana", 1961, "El ángel exterminador", 1962), el director español más reconocido de la historia, afrontó su tercera película en México como un proyecto mucho más personal. Con actores no profesionales, un presupuesto ínfimo, e inspirándose en el cine realista (sobre todo el neorrealismo italiano) que se estaba haciendo al otro lado del charco, pero sin olvidar su obsesiones personales, su onírica y surrealista visión del mundo; Buñuel construyó una compleja visión de las clases desfavorecidas de México D.F., imprimiendo a la narración y a la atmósfera un omnipresente tono surrealista (llevando la corriente a un nuevo estadio en el que convive con narraciones más convencionales). Así, "Los olvidados" es una historia de pobreza y crimen en los arrabales de una gran ciudad, pero también una exaltación artística del absurdo y lo irracional que se esconde tras la aparente realidad. Tras escaparse de un centro para menores, el joven Jaibo (Roberto Cobo) vuelve a su barrio para ajustar cuentas con Julián (Javier Amézcua), al que considera responsable de que lo encerrasen. El director de Calanda daba una visión brutal, despiadada y sin concesiones del mundo, en el que sobrevive el más fuerte y la injusticia es una constante, llenando además la historia de sus iconos más reconocibles (el ciego, el fetichismo, las gallinas y los huevos, su perversa visión del sexo y la muerte o la pesadilla del protagonista, rodada hacia atrás) remiten al imaginario visual y conceptual de Buñuel). Con esto, el director de "El discreto encanto de la burguesía" (1972) parece intentar abarcar los dos ámbitos de la experiencia humana: por un lado la realidad social y la crueldad de la supervivencia, y por otro el territorio del subconsciente, de la mente; ambos entrelazados en una realidad compleja y sugerente en la que no tienen cabida los estereotipos bienintencionados (al contrario que en gran parte del Neorrealismo, para Buñuel los pobres no parecen ser


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