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Me la suda que vosotros vierais “Réquiem por un sueño” de Darren Aronofsky hace una eternidad, yo la acabo de ver y aún me falta el aliento. Ni siquiera me había picado la curiosidad acercarme a “Pi, fe en el caos” (la primera película de Aronofsky) pero “Réquiem por un sueño” ha superado con creces mis expectativas. Es una de las más víscerales presentaciones del vicio que he visto en mucho tiempo (si acaso toda la vida). Darren Aronofsky arremete contra el espejismo de felicidad al que apesta todo el sueño americano, el American way of life se convierte en pesadilla mediada por las más variadas aficiones (desde narcóticas a sexuales, pasando por la televisión o el cotilleo). La felicidad es solamente una ilusión en las vidas de los cuatro protagonistas de la historia, la madre (una desenfrenada, y estupenda, Ellen Burstyn) que ve como su soledad y vejez pasan a segundo plano al engancharse a las anfetaminas; el hijo (un delicado y efectivo Jared Leto) que ve como sus sueños están subordinados a la heroina; su novia (Jennifer Connelly, de quien no esparába menos), cuya vida de niña pija devendrá en un caos marginal; y el amigo (Marlon Wayans, que, sin alejarse de su papel de flipadillo drogata, convence con nota) que añora cuando podía esconderse entre los brazos de su madre.

Por si el argumento del director y de Hubert Selby Jr. (autor del libro en el que está basada) no fuese suficientemente bueno, Darren Aronofsky narra la historia conviertiendo los rituales del vicio en momentos que se repiten a lo largo de todo el metraje, de tal manera que cuando oyes (y es que el sonido es tremendamente importante, ojo a la excelente banda sonora de Clint Mansell y al estremecedor tema de Kronos Quartet) una caja registradora sabes que han vendido una papela, o cuando oyes encenderse un mechero sabes que se han chutado, imágenes y sonidos se suceden en un montaje ágil y rápido (más rápido conforme avanza el film y la desazón de los protagonistas) que no da tregua al espectador, culminado en una orgía audiovisual al estilo de la popular escena de “Delicatessen”. Yo, desde luego, no voy a perder de vista a Darren Aronofsky.

 

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