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Y me quedo tumbado en el colchón, en medio del salón vacío, sin posters ni fotos ridículas por las paredes, sin vasos sucios sobre la mesa, sin ropa tendida, sin gente gritando, sin vida, con la ventana abierta al cielo azul y despejado, una bandada de golondrinas vuelan muy alto, las veo virar, caer, alzar el vuelo, me parece que, a pesar del prototipo impuesto por la sociedad de una evolución humana particular con cabo y rabo, nunca vamos a dejar de aprender, creer lo contrario es lo que lleva a tanta gente a la verdadera inopia prepotente. Recuerdo cuando devoraba aquellas Fantastic Magazine (la segunda época, eso si) que me llenaron el cerebro de nombres de directores (David Cronenberg como el gran maestro del género, David Lynch o John Carpenter unidos a todos esos mitos mas o menos alrededor de la Amblin, Richard Donner, Joe Dante, Robert Zemeckis, incluso Tobe Hopper; y Hershell Gordon Lewis, Alain Robak o Wes Craven, Terence Fisher, Val Guest o Jiri Trnka, John MacNaughton, Katsuhiro Otomo, Paul Naschy, y, joder voy a parar) películas, géneros, productoras, actores, especialistas en efectos especiales y un largo etc.

La sensación es la de seguir hacia lo que venga, como quien cierra la puerta de casa para mudarse a otra, siempre he estado esperando un cambio, pero en realidad el cambio no viene, todo fluye, y solo mirando hacia atrás veo los cambios, veo esos extraordinarios coleccionables de Fantastic Magazine, y a ese prepúber que era yo enfrascado en ellos con todas esas golondrinas revoloteando por mi cabeza, la Hammer y su explotación del cine de terror, con sus dráculas y sus frankensteins que terminaron rindiéndose a los placeres del sexo explicito, esas parejas apadrinadas por el Fantastic, desde Heidi y Sid (esas delicias de Peter Jackson) a Henry y Becky (esos amores bizarros, si es que no lo son todos los de verdad), diccionarios del cine fantastico (en la G, Genio: David Cronenberg; la High-Tech, el “Basket Case” de Hennenlotter o los peluches tan tipicos de los 80), la Serie Ñ (el Fantastic español de Edgar Neville, hasta Paul Nachy o Juan Piquer Simon) o, como olvidarlo, ese imprescindible coleccionable en tres entregas sobre el sexo en el cine fantástico, uffffff, cuantos descubrimientos entre aquellas pajinas, osea paginas (ese diccionario de términos donde vi por primera vez cosas como boundage o cunnilinguis, esas listas de los mas morbosos y morbosas, titulos y lugares comunes para rastrear el sexo en el cine de genero).

La Fantastic Magazine (y hablo, claro está de la segunda época, y a la fecha de hoy aun no he visto ningún numero de la primera época, por que?, no sé) fue decayendo y terminó de la peor forma de la que se puede terminar, convirtiéndose en una especie de SuperPop para los seguidores de “Dawson crece”, la primera vez que dejó de aparecer en la parte superior de la portada aquello de revista de cine fantástico y de ciencia-ficción (bueno recuerdo alguno intermedio incluso, en el que apuntaban también cine de acción o algo así), por los tiempos del “Super Mario Bros.” de Bob Hoskins (que ha sido de Anabel Jankel y Rocky Morton, autores de aquella serie de culto, “Max Headroom” y de ese film, remake de culto donde se conocieron la Ryan y el Quaid, “D.O.A.”, no confundir con el infravalorado documental sobre el punk que realizó Lech Kowalski en 1980 ), marco el final de una época, tengo una maraña de portadas en mi mente, como de ansias y miedos, como de alegrías y golpes de efecto, por entonces salia el Stallone de “Máximo riesgo” y cosas así (degradó en simplemente caras de guaperas, véase Johnny Depp o Winona Ryder, son guapos no?, pues dejad de criticar joder!), atrás quedaba la familia Addams, Max Cady, Ripley rasurada o la Joanna Cassidy de “Blade Runner”, alli quedaba yo, huérfano (a decir verdad la Fangoria me hacia gracia, pero no era lo mismo), desnudo frente al mundo, parado mirando al cielo, las golondrinas en lo alto, que van y vienen, siempre igual pero nunca de la misma manera, esa imagen de la libertad, esa imagen de frescura que las paginas de Fantastic Magazine me infundieron desvaneciéndose en la dureza del mundo exterior, abriendo los ojos casi hasta desgarrarme las comisuras, bebiendo aire y ron, siempre, siempre deseando ser una de esas golondrinas.

 

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