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El título de este articulillo podría bien representar el regreso de ese rey del cine que (otrora) para algunos es Peter Jackson. Pero no, me refiero al tosco (y toscamente interpretado) rey campusino que regresa a Minas Tirith para recuperar lo que es suyo. La última (je) entrega de “El señor de los anillos” ya ha llegado, y como fui al cine a verla y me costó 5 euros y pico (si, 5 euros, ¿qué pasa?, algo bueno tenía que tener Murcia), que menos que aprovechar y comentarla con vosotros, que seguro que os encantó… a unos, y otros vomitaríais sangre con los últimos 45 minutos (normal, si es que no se puede ser tan respetuoso, y a la vez tan poco respetuoso con el texto original).

La gente me ha dicho que es genial, la mejor de las tres, “con diferencia” dicen algunos, “soberbia, no me esperaba que fuese tan buena después de las otras partes” dicen otros. Pues yo, francamente no sería capaz de poner esta última por encima de la segunda (ni de la primera). ¿Qué habéis visto, oh entendidos del cine colosalista, en “El retorno del rey” que no estuviera en “Las dos torres” (o en “Lawrence de Arabia”, pero ese es otro tema)? Yo nada, de hecho, antes de ver esta tercera parte ya me sentía como si la hubiera visto, sólo tenía que imaginarme el diseño de producción de las dos primeras aplicado a la tercera y, conociendo el argumento por el libro claro está, aparecía este retorno, que a mi me gusta comparar (tal vez sin criterio ni gusto alguno) con el regreso de Marianico el Corto (ahora en “Una de zombies”) a su Zaragoza natal. No digo yo que las batallas no sean excepcionales (me encanta la llegada de los jinetes de Rohan a la batalla de Minas Tirith y cómo se internan atravesando las hordas de orcos) y que no esté rodada con pulso de gran maestro, ni que los planos no evoquen a un idealista John Ford (¿a que nunca habiaís visto el nombre del tuerto con tal adjetivo?), cuando pensaba que ya nada nuevo podía haber bajo el sol (la de collejas que le daría Peckinpah), pero es que hay algo que aún (y a mi edad) me repele de las grandes superproducciones (¿no se pueden dar los mensajes de honor, amistad, valentia y amor gay en un film más barato?, mira “Compañeros inseparables”).

 

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